* Pueden conseguir en dos horas el equivalente a una semana de trabajo de un médico
* Raúl Castro intenta combatir el problema vinculando los salarios a la productividad


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Fuente: Esmeralda Rojo, El Mundo.es

E. Rojo/El Mundo

Foto: E. Rojo/El Mundo

Viven del cuento. Le echan imaginación y elaboran truculentas historias para conseguir dinero del turista. Y les sale rentable. Tanto o más que al resto de sus vecinos, que acuden, religiosamente, a su centro de trabajo. Incluso el Gobierno cubano reconoce que son una lacra. Son los jineteros.

Con este nombre se designa en Cuba a las personas que se dedican a asediar a los turistas, ofreciéndoles todo tipo de servicios, en su mayoría ilegales, o recurriendo al engaño para conseguir unos cuantos pesos convertibles (divisa local de la isla).

Son muchos y variados, especialmente en las ciudades con más afluencia de extranjeros, como La Habana o Trinidad. Pero si hay un lugar que se ha convertido en la cuna del ‘jineterismo’ por excelencia, ese es Santiago de Cuba.

Desde que el viajero llega al aeropuerto o a la estación de autobuses, un enjambre de personas le rodea y ya no le suelta. ¿Sus ofertas?: desde servicios de taxi, por supuesto, ilegales -al margen de los que gestiona el Estado- hasta comedores, también fuera de la senda oficial, que se montan de forma improvisada en una casa y ofrecen productos obtenidos en el mercado negro, como langosta o camarones. Y guías turísticos, y supuestos pintores, y músicos, y…

Lo cierto es que la ‘jugada’ les sale muy rentable: en sólo dos horas como guías por la ciudad pueden obtener unos cinco convertibles, el equivalente a una semana de trabajo de un médico.

El Gobierno cubano es consciente de su existencia. En la prensa oficial se reconoce que la igualdad que quiso impulsar la Revolución del 59 ha dado paso al igualitarismo, ya que todos, los más honrados y los menos, tienen tras de sí la cobertura del Estado.

Y es que estos jineteros reciben, como todos los cubanos, sanidad y educación gratuita y productos subvencionados por la cartilla de racionamiento. Eso, cuando se están embolsando cada mes una cantidad muy superior a la de cualquier trabajador.

Además, se da la circunstancia de que mientras los asalariados ‘legales’ ingresan pesos cubanos, los jineteros obtienen del turista convertibles (equivalentes a 24 pesos ordinarios), con los que se pagan numerosos artículos del supermercado, como los de higiene, la gasolina, y muchos servicios que no están disponibles en moneda nacional-. El valor del dinero que reciben es, por tanto, mucho mayor.
Bajos salarios, trabajadores desmotivados

La población reconoce que tras estas prácticas hay un problema económico, debido a los bajos salarios existentes en la isla. “Por el dinero que pagan, no me merece la pena ir todos los días a trabajar, desplazarme, coger el autobús, estar allí unas horas consigo más en un día bueno con los turistas”, afirma un joven de unos 20 años que remolonea en torno a la puerta del principal hotel del centro de Santiago. Y es que hay sueldos que no llegan a los 10 euros mensuales (la media está en 408 pesos cubanos, equivalentes a unos 12 euros).

Su teoría la mantienen otros ciudadanos menos conflictivos. “Llevo tres meses en el paro y me ofrecen cosas, pero por el dinero que dan no merece la pena ir a trabajar, mejor me quedo en casa con los niños”, dice Araceli, licenciada en Filología. De acuerdo con datos oficiales, el 20% de la población de La Habana está desempleada, pero casi la mitad ha rechazado los trabajos que se le han ofrecido.

Raúl Castro intenta combatir este problema quitando el tope a los salarios para que dependan de la productividad. Así, al asumir oficialmente la presidencia del país el pasado 24 de febrero, definió como objetivo que el salario “recupere su papel y el nivel de vida de cada persona este en relación directa con los ingresos que recibe legalmente”.

Se ayuda de la policía, que persigue sin tregua a los oportunistas. Una escena habitual es la de un agente pidiendo la documentación a una de estas personas que revolotean alrededor del turista. La cosa a veces va a más. “Yo estuve dos años preso sólo porque me vieron ‘tratando’ con extranjeros”, cuenta Víctor, un joven de 32 años que se escabulle cuando se le pregunta a que llama exactamente ‘tratar’. “No nos dejan hablar con ellos, en cuanto te ven cerca, vienen y te piden la documentación, y te pueden detener. Nos tratan como a delincuentes”, añade.

A esta situación no le falta su vis cómica. Y es que la imaginación de los jineteros no conoce límites. Esta es una escena habitual: un hombre se acerca a un turista: “Hola, ¿te acuerdas de mí? Trabajo en el hotel, pues resulta que hoy es mi cumpleaños y quiero hacer una fiesta. Estás invitado, déjame unos pesos y voy comprando una botella de ron…”.

Y así, ¡hasta cinco personas distintas en un mismo día! O la del presunto taxista que nada más subirte al coche te pide un adelanto para echar unos litros de gasolina porque, de lo contrario, el precario motor no va a arrancar, o la del ‘pintor’ que te persigue por toda la ciudad y te hace hasta tres caricaturas distintas en una mañana; aunque nadie se las haya pedido.

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