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Fuente: Nailibeth Parra, La Verdad.com.ve

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“Mientras Caracas se ahogaba en el esmog de los automóviles, la provincia moría de soledad”. El abogado e historiador Julio Portillo bien ha sabido esbozar aquellos días en los que al mando del país se encontraba uno de los presidentes más arbitrarios que ha tenido la historia nacional antes de que llegara el actual mandatario, Hugo Chávez Frías.

“Las ganancias que tenía Venezuela producto de los ingresos petroleros los volcó en la capital de la República y en algunas infraestructuras nacionales, pero que siempre dependían de Caracas. La provincia menguaba, la provincia moría de tristeza”. Portillo parece revivir en carne propia las políticas gubernamentales que para la década del 50 azotaban el país.

Un Gobierno autoritario y personalista que silenció a las fuerzas de la oposición y manipuló a su antojo los procesos electorales desde 1952 hasta 1958.

La historia lo coloca como el último dictador que tuvo Venezuela y el régimen más corto en su estilo -comparado con el de Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez-, pero que pudo encontrar fin cuando las instituciones democráticas y el pueblo en general se organizaron y lo derrocaron.

“Pérez Jiménez y su equipo de gobierno sabían importantes cosas que Chávez ignora”, dijo en una oportunidad el periodista caraqueño Carlos Ball. A su juicio, un cúmulo de medidas negativas puede sobresalir del perezjimenismo, pero las positivas también resaltan, cuestión que escasamente sucede en el Gobierno vigente.

Su ascenso a la silla presidencial, al igual que su gestión, estuvo amparado por la arbitrariedad. En 1945 fue de los que encabezó el golpe de Estado en contra de Isaías Medina Angarita, y dos años después en el de Rómulo Gallegos. Desde ese momento comienza su ruta hacia el poder. Cuando el Congreso convoca a elecciones, en 1952, los resultados fueron manipulados, y se erige como Presidente de la República.

Más militares

Lo dice Portillo: “Al venezolano se le está olvidando que hemos tenido más gobiernos militares que civiles. En casi 200 años de historia, hemos tenido 160 años de gobierno militar y 40 de civiles”. A consideración del historiador, “en el alma del pueblo venezolanos todavía hay un caudillo y un militar autoritario, al que se le tiene miedo, por un lado, o al que se le admira, por otro”.

El mecanismo para gobernar de Pérez Jiménez fue para entonces a través de la consolidación de la llamada Seguridad Nacional, un cuerpo autónomo que a imposición del dictador estuvo dirigido por Pedro Estrada, su hombre de mayor confianza. Con ello se encargó de controlar y silenciar a los dirigentes de la oposición, en especial a los líderes de AD, Copei, URD y PCV, a quienes encarceló, asesinó y torturó.

“El hecho de haber accedido al poder por un fraude electoral hacía ver que ese gobierno militar tenía el apoyo de las armas, pero no el alma del pueblo”, asegura Portillo, quien además tiene una tesis doctoral del personalismo en los gobiernos.

Como “El nuevo ideal nacional” denominó su régimen, con lo que legitimó su presencia en el poder, dándole un corte nacionalista a sus discursos, enfocados en el “engrandecimiento nacional”, aspecto comparable con el patriotismo del presidente Chávez.

El analista Tulio Hernández se expresa de este elemento con indicios de personalidad extraídos del propio Pérez Jiménez y los asemeja con el Gobierno actual. “Como todo militar narciso en el poder, (Pérez Jiménez) experimentaba orgasmos patrios cuando tenía ante sus ojos centenares de alfombras rojas. Los toques del Himno Nacional al momento de su llegada y el uniforme de gala coronado de medallas le producían un goce profundo. Hacía exactamente lo mismo que hoy hace el teniente coronel Hugo Chávez, declaraba fiestas obligadas como la Semana de la Patria, convertidas en pretexto para celebrar el régimen”.

Como Chávez, Pérez Jiménez le cambió el nombre al país. De Estados Unidos de Venezuela -que tenía desde 1864- pasó a llamarse República de Venezuela.

Gobierno de cemento

Lo que sí pareció tener claro este caudillo fue el sentido de progreso para el país. Su gran ventaja fue gobernar durante la edad de oro de Venezuela, lo que le permitió desarrollar el plan Concreto Armado.

El rostro del país cambió con este Gobierno. Autopistas, carreteras, hospitales, edificios, escuelas y cuarteles fueron parte de sus grandes legados, al igual que un importante plan ferrocarrilero, plantas petroquímicas, hidroeléctricas y siderúrgicas.

En muy poco tiempo Caracas se había convertido en el sueño americano de muchos extranjeros, atraídos por el embrujo de la renta petrolera.

La Ciudad Universitaria de Caracas, las redes hoteleras del Humboldt, Tamanaco y Hotel del Lago en Maracaibo fueron algunas de las arquitecturas que aún hoy subyacen. Con Pérez Jiménez se inició la construcción del Puente sobre el Lago.

“Fuera del ámbito estrictamente político, los venezolanos vivíamos entonces bajo un estado de derecho. Se respetaba la propiedad privada. Prevalecía la igualdad ante la ley y el ministro de Justicia -Luis Felipe Urbaneja- nominaba como jueces a los más honorables y competentes profesionales del derecho”, expresa Carlos Ball.

No es de extrañar entonces, que los abuelos de hoy suelan aludir con nostalgia que durante el perezjimenismo se podía “dormir con las puertas abiertas”, que había menos crímenes y asaltos que en la actualidad, que la educación -al contrario de hoy- no estaba politizada, como tampoco la salud ni el derecho al trabajo.

El costo que Venezuela tuvo que pagar por estos beneficios fue alto. Parece fotocopia actual, pero casi todos los periódicos fueron cerrados: “No había libertad de prensa, los periódicos tenían censores, hubo violación de los derechos humanos y de la libertad de expresión”, asegura Portillo, al tiempo que añade que “no hay peor cosa para este tipo de regímenes que la libertad de expresión, que un periodismo franco y develador

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