
Julio Cesar Lubian. Fuente: The Miami Herald / Gabriel Osorio
Hace cinco años Julio César Lubián estaba contento con su vida: estaba casado, tenía una hija y era médico de cabecera en El Vedado, La Habana.
Entonces sus superiores le hicieron una oferta que le dijeron que no podía rechazar: irse de “voluntario” a Venezuela con el segundo contingente de médicos cubanos que viajaron a ese país en el otoño del 2003.
Tres semanas después estaba en una comida, sentado a unas cinco mesas de distancia de Fidel Castro, una “última cena” de langosta y otras exquisiteces rara vez vistas por el pueblo cubano. Al día siguiente su grupo marchó con destino a Venezuela, con las palabras del comandante todavía sonándole en la cabeza.
“Nos dijo sutilmente que nuestro papel era mantener nuestra parte del tratado político, de modo que Cuba siguiera recibiendo petróleo” del presidente venezolano Hugo Chávez, recordó Lubián recientemente.
A diferencia de muchos otros médicos que en una misión internacional ven la oportunidad de escapar de la isla, todo lo que Lubián quería era concluir su misión y regresar a casa con su familia. Pero dice que salir de Cuba le abrió los ojos al carácter caprichoso del régimen. Empezó a planear su fuga en Cumaná, la ciudad que le asignaron. Ver artículo completo »

Dijo que iría vestida con falda corta de mezclilla y blusa roja, que iría sola y estaría cerca de la cafetería del segundo piso de un supermercado grande donde sus colegas, médicos cubanos como ella, probablemente no estarían. Ninguno de ellos tiene los $3 que cuesta un plato de arroz, un pedazo de carne y ensalada de papas (el menú del día), acompañado con un jugo de mango en envase de cartón.


