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Fuente: Crónica.com.mx

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Los venezolanos y nicaragüenses que un día creyeron que, depositando su voto en Hugo Chávez y Daniel Ortega, ayudarían a crear un país más justo, deben estar ahora lamentado las nefastas consecuencias de haber contribuido a que ambos líderes de la izquierda populista más rancia se hicieran con el poder.

Venezuela y Nicaragua son en la actualidad dos países peligrosamente polarizados, con sociedades divididas entre los que apoyan ciegamente a sus gobernantes y los que se niegan a ser engullidos por la marea autoritaria que quieren imponer Chávez y Ortega con el pretexto de una revolución socialista que venden como si fuera el bálsamo de Fierabrás de Don Quijote.

Llegaron al poder gracias a las reglas del juego democrático, pero están dispuestos a violar estas reglas con total impunidad. De hecho, lo están haciendo ante los ojos estupefactos de la comunidad internacional y de la Organización de Estados Americanos (OEA), incapaz de frenar esta involución democrática en ambos países.

Daniel Ortega, por ejemplo, no dudó, con la complicidad del Consejo Supremo Electoral (CSE), en eliminar a los partidos que le molestaban, como el de los sandinistas liberales, o prohibir la entrada en el país de observadores internacionales en las elecciones municipales del pasado 8 de noviembre.

No contento con esta violación descarada de las reglas del juego democrático, el presidente ha permitido que hordas sandinistas armadas mantengan sitiadas desde hace casi una semana Managua y León, las dos principales ciudades de Nicaragua, para imponer una victoria en unos comicios a todas luces plagados de irregularidades.

La decisión de la oposición liberal nicaragüense de negarse a reconocer un fraude generalizado y a resistir la intimidación sandinista abre un panorama de grave incertidumbre en esa pequeña nación, que ya sabe lo que es el enfrentamiento fraticida por el poder.

Esta amenaza “guerracivilista” en Nicaragua podría extenderse la próxima semana a Venezuela si los resultados de las elecciones regionales de este domingo no le gustan a Hugo Chávez.

El mandatario, impulsor de una revolución socialista que parecía brillar cuando el precio del petróleo estaba por las nubes, pierde cada día adeptos en estos días de vacas flacas, que ha dejado al descubierto una nación con los niveles de pobreza intactos y donde lo único que sube es la inflación y el crimen.

Chávez sabe que, aunque no concurra como candidato, la elección del domingo es un plebiscito sobre su gestión y por eso redobla sus amenazas a la oposición y no le tiembla la voz cuando amenaza con sacar los tanques o alienta a las masas chavistas para que tomen las calles, al momento que cierren las urnas, para evitar, según dijo, “que la oligarquía imperialista se adjudique la victoria”.

Esta “guerra sucia” de Chávez va dirigida con especial fiereza a su ex candidato presidencial y ahora candidato a la alcaldía de Maracaibo, Manuel Rosales, al que quiere llevar a juicio por oscuras denuncias sacadas a relucir en plena campaña.

¿Cuántos venezolanos desistirán de votar por la oposición sólo con tal de evitar que el país se encamine a la anarquía y al enfrentamiento civil? Quizá no lo sepamos nunca, dada la escasa fiabilidad de la institución electoral venezolana que, como el resto de los organismos del Estado, está controlada por el presidente.

Lo único evidente a estas alturas es que la calidad demócrata de Venezuela, al igual que la de Nicaragua, su satélite centroamericano, cotiza estos días tan a la baja como el precio del petróleo venezolano.

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